
Estoy de vuelta en Madrid mitad para el trabajo y mitad de vacaciones, cosa que llega a ser la norma últimamente. Y estas vacaciones las estoy aprovechando como se debe, visitando a la gente y haciendo turismo, cosas que no hacÃa a menudo cuando vivÃa al año ahÃ. Por ejemplo llevaba años sin ver el Palacio Real y la Almudena, o sin pasear por el Paseo del Prado ya que no estoy segura de que pasar con prisas y en coche cuente como darse un paseo.Â
Como Madrid cambia tanto, siempre hay algo nuevo que descubrir. Desde que me marché a Alemania, han crecido cuatro rascacielos cual champiñones en versión acelerada, el famoso Cuatro Torres Business Area, o CTBA para los Ãntimos, ubicado en la antigua Ciudad Deportiva. Cuatro edificios bien finos, bien altos y pegaditos el uno al otro para no pasar frÃo.
Después de una discreta encuesta a un panel de taxistas, conocidos y amigos, sin olvidar las gatas Mina y Rimel, las respuestas se dividen en lo siguiente:
- Mira que han tardado años en construir mi piso pero estas, en dos años de nada, ya las tienen casi acabadas, que a una le han quitado la grúa y la van a estrenar.
- Son horrorosas, han cambiado todo el panorama, no me acaban de gustar. Además, como las han construido una altura, estés donde estés, las ves.
- ¿Qué torres? Ah… esas… err… umf… Oye, cuando hayas acabado de preguntar chorradas, ¿nos vamos a tomar algo?
Las gatas no han emitido opinión.
Aún no he encontrado a nadie a quién le emocionaran estas torres. Pero una cosa es cierta: impresionan.Â

Otra cosa que me impresiona es la capacidad que he tenido en adaptarme a un ritmo mucho más tranquilo al de la gran ciudad.
Ya se me escapan conceptos como correr para pillar un metro un domingo. Seguro que tiene alguna explicación racional: si no coges este metro en vez del que pasará dentro de cuatro minutos, el mundo tal como lo conocemos se acabará. Seguro vamos, porque es algo que yo también solÃa hacer, otra cosa es que haya dejado de entender la razón detrás de esta misteriosa costumbre.
O, tengo que adelantar sea como fuere a este coche en esta atascadÃsima calle céntrica.
O también cosas como tener la agenda llena. En Madrid me da que si uno no dice por lo menos una vez a la semana: “es que no doy abasto, no sé como voy a poder hacerlo todo, estoy machacado”, parece que no es persona. Es preciso decir esto a una velocidad de metralleta para más efecto, sin olvidar de añadir, a la misma velocidad: “pero no estoy estresado”. No, no estás estresado, pero a mi me está entrando una angustia tremenda sólo con escucharte…¿Cuándo me volvà yo tan acomodada en la tranquilidad de mi ciudad alemana? ¿Seré/SerÃa capaz de volver a aclimatarme al ritmo de la capital?
Por alguna misteriosa razón, en la oficina no me pasa. Después del tradicional saludo: “hombre-qué-tal-cuanto-tiempo”, es como si no me hubiese marchado nunca. Misma gente (casi), mismo apacible silencio, mismas conversaciones futbolÃsticas, mismo asqueroso café de la máquina del “vending”, mismo restaurante gallego con sus no tan gallegos pero ricos mielitos.Â

De momento, prefiero centrarme en disfrutar un poco de Madrid en un plan más turÃstico y relajado, comiendo y cenando con los amigos por ejemplo.
Hoy en dÃa, una caña de Mahou con un pincho de tortilla me sabe a gloria.
Y yendo de tiendas también: como mucha gente, cuando voy de vacaciones a algún lado, tengo que comprar cosas. Lo que compro en Madrid son zapatos porque son buenos y baratos. Por el precio de un par cualquiera, hecho de serie y comprado en Alemania, aquà se pueden conseguir zapatos hechos a medida. Hay una tienda en Malasaña que va a ser mi perdición. Se llama Ioli y hacen de encargo zapatos de mujer de la 32 a la 42, en cuero, charol, ante, tejido, y cientos de colores e estampados distintos.
Y no, estas madrileñas actividades en concreto nunca me han estresado.